La urgencia del cristal roto
El sonido no fue espectacular, pero el silencio que vino después sí.
Fue un movimiento torpe en la cocina, un roce descuidado y, de pronto, la violencia limpia del vaso estrellándose contra el suelo. Miles de esquirlas esparcidas como una constelación de bordes afilados. Mi primera reacción fue un enfado; esa rabia absurda por lo inevitable, acompañada del impulso automático de recogerlo todo a prisa, de disimular el desastre y dejar la superficie limpia otra vez. Como si la prioridad fuera borrar que no había pasado nada.
Pero me quedé inmóvil. Entendí que la molestia no era por el vaso. Era porque ese ruido sordo había despertado algo que llevaba tiempo rondándome en la cabeza, pidiendo ser escrito.
Romper suena duro, dramático y definitivo. Nos han enseñado la física de la contención: a sostener estructuras, roles y vínculos aunque nos estén cortando las manos por los bordes. Cargas con tus viejas versiones por el pánico silencioso a defraudar, atrapada en el molde de la persona complaciente que jamás hace ruido. Nos vendieron la ilusión de que las cosas deben mantenerse impecables para ser válidas, pero la perfección es solo una estatua de hielo. Nada es inerte al tiempo: el agua estancada se pudre, lo que se calla enferma por dentro y lo que no se dice jamás se puede trabajar.
Romper no significa necesariamente dejar morir una etapa o quemarlo todo por crueldad. Romper es, muchas veces, la única forma de rehacer. Es derribar el muro para que la conversación incómoda al fin se produzca, despejar la mesa para dejar que el vaso vuelva a llenarse y aceptar que, para mirarnos desde un lugar más honesto, primero hay que desarmar lo que ya no funciona.
Salir del molde, traspasar barreras y quemar viejos puentes genera conflicto. Y el conflicto da pánico. Implica abrazar la incomodidad de que otros se enfaden, se decepcionen o decidan no querer saber nada de ti. Pero la crisálida no se rompe de forma silenciosa ni elegante; para que la mariposa nazca, la oruga tiene que aceptar el fin de su mundo.
Aprender a decepcionar es la mayor prueba de lealtad hacia uno mismo. Aceptar que no siempre vas a hacer feliz a la gente y que la única fidelidad que sostendrás toda la vida es la que te debes a ti. Si algo se rompió, si algo quedó mal hecho, se puede rehacer mejor. Pero para construir algo genuino, primero hay que perderle el miedo a la brutalidad de la verdad y al sonido del cristal al caer.
A veces la urgencia del cristal roto es la única forma de verte de nuevo.
Te tendrás que perder y encontrar muchas veces.
Te tendrás que querer y aceptar muchas veces.
Te tendrás que empujar a salir y a entrar de lugares.
Pero siempre siempre, volverás a ti. Si quieres.
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